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domingo, 16 de enero de 2011

Pregón navideño: este año Jesús nace en Haití

El que recibe a uno de estos me recibe a mi.
Cristianismo y Justicia.

Según los evangelios de la infancia, cuando Jesús nació en Belén, nadie se enteró de ello, fuera de María, José y los pastores. Más tarde, una misteriosa estrella guió a unos sabios de Oriente hasta encontrarlo. Los sacerdotes continuaron realizando sus ceremonias religiosas en el templo de Jerusalén, en Roma el emperador Octavio Cesar siguió dando órdenes en el imperio. En nuestros días va a suceder algo semejante.
La Navidad ha sido secuestrada por la sociedad del consumo de la llamada “civilización cristiana occidental”, nadie se atreve a negar ni a atacar la Navidad, aunque uno sea religiosamente indiferente, agnóstico o ateo, pero la hemos vaciado de su contenido cristiano y transformado en una fiesta mundana, especialmente para acomodados. Nuestras ciudades se llenan de luces, los comercios cantan villancicos para vender más en estas fiestas de fin de año. En las Iglesias se preparan los belenes y la liturgia de la noche de Navidad. Tanto en Washington como en el Vaticano luce un inmenso árbol de Navidad.
Pero el Señor parece cansado de estas celebraciones vacías de contenido y nos quiere dar una sorpresa: este año Jesús ha decidido nacer en Haití, el pueblo de antiguos esclavos africanos, el primero que se independizó en América Latina, actualmente el más pobre del continente americano, hace un tiempo sacudido por un terrible terremoto, luego inundado por un huracán y ahora en plena epidemia de cólera que ya ha matado a miles de personas. Su futuro es muy incierto, sus elecciones fraudulentas.
En este pueblo que no cuenta en el concierto de las naciones, que sobrevive en campamentos y vive con la ayuda del exterior y con la ambigua presencia de los Cascos azules, precisamente en este pueblo este año va a nacer Jesús. Seguramente tampoco casi nadie se enterará de ello, ni en Washington ni quizás en Roma, como sucedió en la primera Navidad de la historia. En la liturgia de la noche de Navidad se lee el texto de Isaías que afirma que “el pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una gran luz” (Is 9, 1). Esta luz este año nos viene de Haití.
No se trata simplemente de que en esta Navidad ayudemos a Haití con donativos para contentar nuestra mala conciencia, sino de algo más difícil y duro: que nos dejemos iluminar por la luz que nace de Haití, que esta luz nos descubra la falsedad y superficialidad de nuestra vida, la hipocresía de nuestra sociedad, la vaciedad de nuestra religión, nuestro racismo y eurocentrismo que desprecia a otros países y otras razas. Estamos en tinieblas, aunque encendamos miles de lucecitas estos días para disimularlo, pero la luz que realmente nos ilumina viene desde Haití y nos dice que otro mundo no sólo es posible sino necesario.
Evidentemente Haití tiene otros nombres: saharauis, afganos, palestinos, magrebíes que llegan en pateras, emigrantes latinoamericanos que viven en los países del primer mundo, parados y gente sin hogar, enfermos con Alzheimer, ancianos abandonados en residencias, niños de la calle..…todos ellos se llaman este año Haití. Y en Haití nace el Niño Jesús: su mensaje nos recuerda que la alegría y paz verdaderas brotan de la solidaridad y del compartir fraterno, porque todos somos hermanos y hermanas y tenemos un mismo Padre común. Desde Haití los ángeles este año anuncian de nuevo la paz a las personas de buena voluntad. ¿No los escuchamos? Vayamos este año a Haití, allí encontraremos al Niño con María y José. La estrella que guió a los magos de Oriente nos guiará también a nosotros hasta nuestro Haití.

Cochabamba, Bolivia, diciembre 2010

Fuente: Victor Codina
            RedesCristianas.com
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viernes, 11 de junio de 2010

El tero azul - Leyenda Charrúa


Leido en "Mitos, leyendas y tradiciones de la Banda Oriental" de Gonzalo Abella. BetumSan Ediciones. 2001

.....Dicen que por entonces las señales anunciaban un invierno muy duro. Los adultos intensificaban las tareas de cosecha, acopio, recolección, trueque, conservación de pieles y el salado de pescado en la orilla del océano.

Aquel día sopló el primer viento frío ; Los niños no se alejaron en sus correrías habituales ni en los juegos con sus bolas de piedra. Los mayores seguían en sus actividades rutinarias pero no hablaban entre sí.

En la aldea se respiraba un clima de expectativas.

De pronto, todas las miradas empezaron a seguir los pasos de un charrúa muy joven ; tan joven que su labio inferior no había sido aún perforado por el tembetá.

Este adolescente no era un muchacho más. Hijo del médico yuyero, heredero de una sabiduría ancestral muy profunda, se le había visto renunciar tempranamente a los juegos infantiles y preguntar con respeto por las cosas trascendentes. Su solidaridad con los pequeños era tan inmensa como su conocimiento de animales y plantas. Los benteveos lo escoltaban siempre de manera muy especial y los horneros preferían hacer sus nidos en la proximidad de su vivienda.

Ahora el Consejo de Ancianos lo había llamado. No enfrentaría una prueba sencilla : la comunidad necesitaba conocer sus poderes innatos, necesitaba probarlo.

Concentrado en sus pensamientos caminaba hacia la choza donde se reunía el Consejo cuando vió una pareja de teros, esas hermosas aves de nuestros bañados, que lo saludaron con sus gritos inconfundibles. El joven intuyó que esta presencia era una señal, pero aún no lograba entender claramente los mensajes de los viejos espíritus incorporados en los animales.

Entró con decisión. Lo esperaban en actitud que indicaba claramente la solemnidad del momento.

La anciana portavoz del Consejo le habló con serenidad y firmeza : "Debes ponerte en camino de inmediato para buscar al Tero Azul. Es un tero de tamaño corriente pero de plumaje azul. Partirás hacia los esteros lejanos, sin armas, y no deberás probar bocado hasta agotar los esfuerzos por encontrar a ese misterioso pájaro".

La anciana le advirtió además que si pasaban los días sin lograr la visión no se dejase morir ; que en ese caso se alimentase y volviera a la aldea. Pero le insistió en que hiciera el máximo esfuerzo posible para mantenerse en ayunas y buscar el Tero Azul.

Se le entregó harina de mandioca y charque de pescado en una bolsa hecha con un buche de ñandú. El joven recibió la bolsa y se estremeció : era la que había usado su padre tantas veces para recoger hierbas medicinales, y el hecho de que ahora se la confiaran daba mayor trascendencia aún a la misión encomendada.

El muchacho salió de la aldea, caminó hasta la caída del Sol y finalmente estableció su puesto de observación en las zonas bajas que son el territorio de los teros. Vió el ocaso y el amanecer del día siguiente, y después un nuevo ocaso, bebiendo solamente agua de los manantiales transparentes, pero no vió al Tero Azul.

Al tercer día sintió los graznidos característicos de estas aves, corrió hacia sus llamados con el resto de sus fuerzas, pero los emisores eran teros comunes, de plumaje pardo y blanco, con las consabidas y elegantes listas negras en sus alas extendidas.

No halló al Tero Azul.

Al borde de sus fuerzas decidió finalmente alimentarse porque esa era la orden, no porque deseara hacerlo. Abrió aquella bolsa amada con dolor y resolución. Amarga le supo la comida que llevaba, que sin embargo lo reconfortó.

Volvió a su aldea con una infinita tristeza. Pasó entre los suyos con rostro inescrutable, inexpresivo ; lo que había vivido debía ser expuesto en primer lugar a quienes le habían encomendado la misión.

Ante el Consejo de los Ancianos contó du dolor : "No pude ver al Tero Azul. No supe verlo. No soy digno de la esperanza que en mí tenían ustedes, mi padre, mi madre y mis hermanos" concluyó.

Todos miraron a la anciana y ella lo miró en silencio.

"Sí sos digno de nuestra confianza" respondió al fin ; "sabíamos que aún no estabas preparado para encontrar el Tero Azul ; sólo te pedimos que lo buscaras. Y lo importante es que tu corazón no nos mintió y asumió el fracaso como debe hacerlo nuestra gente : llegaste a nosotros y hablaste la verdad.... Ahora no hables a nadie de tu búsqueda, pero cultivá en tus compañeros las virtudes que demostraste. Verás al Tero Azul, cuando llegue el día que debas verlo".

A veces el día está gris y frío pero el alma tiene una dulce tibieza. Cuentan que el muchacho sintió por primera vez, en esas circunstancias, que el aire olía a primavera y a jazmines del país ; y esa fragancia era su paisaje y su casa. Vendrían otras épocas, supo entonces, habrá otra gente, pero en este suelo charrúa, aún en los interiores de las casas urbanas, perduraría la fragancia del jazmín del país y la capacidad de seguir persiguiendo teros azules.

Volvió a la vivienda con el pequeño tembetá en el labio y el corazón palpitante de alegría.

Introducción de la leyenda (en el libro de Abella)

Los charrúas que viven en el chaco argentino, entre los tobas, me hablaron de un rito iniciático muy antiguo. Ese testimonio, vaya uno a saber porqué, quedó dormido en algún rincón de mi memoria.

Ahora sé que los rituales de iniciación perduraron en suelo uruguayo aún después de la disolución violenta de las comunidades. Escuchamos recientemente el testimonio de una mujer que vivió de niña por Tupambaé, por nuestra ruta 7 y fue iniciada a la memoria india de sus mayores en plena sierra, en antiguas construcciones de piedra, desnuda y cubierta de barros sagrados. Una evidencia más de que hubo, en pleno siglo XX, ritos de iniciación.

Por crónicas centenarias se conserva la memoria de dos rituales típicos de iniciación adolescente en la macroetnia charrúa : las líneas azules en la frente de la muchacha y el tembetá, pequeña astilla de madera que perforaba el labio inferior en el rostro del muchacho.

Pero de aquel relato de los charrúas del Chaco sobre un rito iniciático especial de sus ancestros no había escuchado niguna referencia posterior.

Habían pasado ya seis años de mi estadía allá cuando fui invitado por un grupo de jóvenes que deseaba ampliar sus conocimientos sobre pueblos originarios. Para mi sorpresa tenían una versión propia, recogida en el Uruguay, sobre lo que yo había oído en el Chaco. Había una diferencia : según sus fuentes, el animal nativo que juega un rol central en el relato no era el mismo.

Yo mantengo la versión que recogí primero la cual menciona al tero, esa ave nativa tan nuestra, como elemento simbólico central. De todos modos la versión de los jóvenes, que fueron quienes me ayudaron a recuperar la memoria, no alteraba el sentido ético del relato.

Y aquí va la sencilla leyenda, oída por primera vez de labios de un charrúa del Chaco ; leyenda que no está incorporada en mi libro "Nuestra Raíz Charrúa" porque se había escondido para reaparecer cuando quiso, por esos senderos misteriosos del diálogo con la gente.

Por Omar Pirez Pertuso
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La yerba mate


La
luna se moría de ganas de pisar la tierra. Quería probar las frutas y
bañarse en algún río.

Gracias
a la nubes, pudo bajar. Desde la puesta del sol hasta el alba, las nubes
cubrieron el cielo para que nadie advirtiera que ella faltaba.


Fue una maravilla la noche en
la tierra. La luna paseó por la selva del alto Paraná, conoció misteriosos
aromas y sabores y nadó largamente en el río. Un viejo labrador la salvó
dos veces.

Cuando
el jaguar iba a clavar los dientes en el cuello de la luna, el viejo degolló
a la fiera con su cuchillo; y cuando la luna tuvo hambre, la llevó a su
casa. “Te ofrecemos nuestra pobreza” dijo la mujer del labrador, y le
dio unas tortillas de maíz.

A
la noche siguiente, desde el cielo, la luna se asomó a la casa de sus
amigos. El viejo labrador había construido su choza en un claro de la
selva, muy lejos de las aldeas. Allí vivía, como en un exilio, con su
mujer y su hija. La luna descubrió que en aquella casa no quedaba nada
de comer. Para ella habían sido las últimas tortillas de maíz. Entonces
iluminó el lugar con la mejor de sus luces y pidió a las nubes que dejasen
caer, alrededor de la choza, una llovizna muy especial.

Al
amanecer, en esa tierra habían brotado unos árboles
desconocidos.
Entre el verde oscuro de las hojas, asomaban las



frores blancas. Jamás murió la hija del viejo labrador. Ella es la dueña
de la yerba mate y anda por el mundo ofreciéndola a los demás.


La yerba mate despierta a los
dormidos, corrige a los haraganes y hace hermanas a las gentes que no
se conocen.

Eduardo
Galeano; Memorias del Fuego I: “Los Nacimientos”, pag. 35.

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